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lunes, 10 de febrero de 2014

DE CAUDILLOS Y CUCHILLEROS



Este es un relato de una de las tantas leyendas o historias de un Buenos Aires del principio del siglo pasado, como toda leyenda o historia la verdad es de quien es el narrador,  puede ser creible o no pero todas ellas tienen un entorno común. Una ciudad transformada de una gran aldea por la llegada incesante de una gran inmigración,  tornándose en un crisol de razas en donde se podía escuchar casi todos los idiomas del mundo.

En ese permanente y continuo ir y venir van llegando a él, y la que era una gran aldea se va agrandando y transformando una gran ciudad, como toda ciudad que se precie con su claridad deslumbrante del centro y su claros oscuros de los arrabales, que es donde comienza esta historia de caudillos y cuchilleros.

Es en ese entonces lo que era una gran aldea tranquila y pausada, de pronto se despereza y se despierta transformada en una ciudad donde florecen los caudillos salidos casi siempre de los muchos comités. Tenía a su servicio como guardaespaldas y a su vez fuerza de choque, personajes muchos de ellos con poca instrucción y a veces casi nula, surgidos de familias pobres buscando de una manera fácil salir de ella.

Caudillos de barrios con contactos y relaciones eran doctores o tal vez no, pero ellos se hacían llamar así, buenos modales trajes a la moda camisa con gemelos y a veces un sombrero tipo Bombín, tiempos que la ciudad no tenía barrios sino distritos parroquiales que abarcaban los que hoy son varios barrios, gente de mucha influencia.

Sus guardaespaldas personajes de dudoso prontuario, sombrero con un ala sobre los ojos pañuelo al cuello saco y pantalón y un poncho (lengue) sobre los hombros y un cuchillo en su cintura. La llegada incesante de inmigrantes cambia la fisonomía de la ciudad.

Se crean alrededor del puerto en los barrios de la Boca, San Telmo, Barracas, los inquilinatos o también llamados conventillos donde se alojaban familias de todas nacionalidades, pareciera ser todos mezclados una vidriera de un cambalache se escuchaba el cocoliche el porteño con el lunfardo el italiano en esta misteriosa y secreta Buenos Aires.

Poco a poco la ciudad va haciendo que el malevaje retrocediera hacia los arrabales donde imperaba gente de mal vivir, proliferan los burdeles muchas voces decían que algunos de estos eran propiedad de caudillos regenteados por algún hampón a su servicio.

Que designios que impulso hizo que familias se trasladaran allende de estas tierras,  atravesando mares para llegarse a esta orilla. Aquí tranquilamente sentado en una mesa de un viejo bar de San Telmo el de las mesas gastadas pensando y tomando sorbo a sorbo mi café calentito.

De pronto se escucha una voz desde una esquina en penumbras del viejo bar, se oye su voz escondido en su sombra hay un hombre habla en tono alto como si una congoja lo asfixiara, o tal vez el que habla son los mansos duendes de la botella de vino que está sobre la mesa gastada, y comienza a relatar una historia que llamó la atención de los parroquianos.

Corría el año de 1906 llega al barrio de San Telmo un inmigrante de los tantos que llegaron, un francés nadie preguntó su pasado barrio de gente morena se enamoró de su música sus tamboriles, y de una escultural mujer Diosa de ébano, y se puso con sus manos sobre la mesa a tamborilear un candombe.

De la unión del amor nace una preciosa niña de tez morena cabello crespo y unos ojos verde como su padre, la niña se convierte en adolescente más tarde en una hermosa mujer con muchos pretendientes pero también la pretendían dos matones de un caudillo de nombre impronunciable al que apodaban el gringo. 


Hombres de armas tomar se encontraron en el bajo  como testigos la luna la luz tenue de un farol, se trenzaron en duelo criollo por el amor de una mujer, enrollado el poncho en un brazo y en la otra mano relampaguearon los cuchillos, diestros con ellos se escucharon el chirriar de los aceros al cruzarse voces y gemidos, luego el silencio la luz mortecina del farol iluminó la escena una mancha roja que se iba extendiendo.

En cuanto a la moza un cafisho milonguita la deslumbró con sus lujos su dinero, y siguió la triste caravana poco a poco fue perdiendo su juventud sus atributos de mujer, y por último su dignidad, pobre moneda de cobre.

El hombre se inclinó para tomar su vaso de vino y se observó a la luz su rostro añoso y curtido de tez morena cabello crespo y ojos verdes, una lágrima le surcaba la mejilla luego entró en un sopor y se quedó dormido.


Entre nubes vaporosas desaparece en el tiempo el caudillo, los cuchilleros, van quedando resabios de aquella época, los conventillos en el pintoresco barrio de la Boca el adoquinado de sus calles, los edificios que alguna vez albergaron tal vez a algún antepasado, hoy muestran sus huellas en los rotos postigos sus paredes despintadas ellos son mudos testigos de una antigua secreta y misteriosa Buenos Aires.



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